Huertas | 27 de abril de 2020

Autoproducción de semillas, un camino hacia la seguridad alimentaria

Desde el ProHuerta, un programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, subrayan la necesidad de la producción artesanal de semillas. Pautas para su reproducción, recolección y conservación.

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Desde el ProHuerta, un programa del INTA y el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, destacan la importancia de la autoproducción de semillas como un camino hacia la seguridad y la soberanía alimentaria. Pautas para su reproducción, recolección y conservación.

Cuando hablamos de semillas, se debe tener en cuenta que representan el primer eslabón de la cadena agroalimentaria. Al mismo tiempo, su importancia radica en que son patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad.

Es por eso que la producción artesanal de semillas debe ser una práctica habitual de quienes tienen una huerta en su casa, para su conservación y posterior siembra, como un camino hacia la seguridad y soberanía alimentaria.

La posibilidad de multiplicar las propias semillas de la huerta permite, además, disminuir la dependencia de comprar semillas hortícolas, año a año y para cada temporada, con el consiguiente ahorro y mejora en los ingresos familiares.

La autoproducción consiste en producir semillas de las mejores plantas de las especies que se han comportado adecuadamente en las condiciones locales, para sembrarlas en la próxima temporada. En este sentido, mediante la observación y selección de aquellas plantas de mejor comportamiento, se podrá comenzar a autoproducir semillas.

Una vez que la planta florece, el polen (masculino) debe estar en contacto con el óvulo (femenino) para que se dé la fecundación.  Para que esto ocurra, los insectos cumplen un rol muy importante como agentes polinizadores, entre ellos, las hormigas, abejas, avispas, moscas, mariposas, etc. Los factores ambientales como el agua y el viento también son considerados como medios que facilitan la polinización.

Con respecto a los factores ambientales, el agua, la luz, la temperatura y la fertilidad del suelo son los que afectan la producción de semillas hortícolas. En general, la etapa más crítica que el agua no puede faltar ocurre al inicio de la floración y finaliza con la madurez de los frutos y semillas.

A partir de la madurez o cuando las flores empiezan a secarse, se debe suspender el riego, para estimular en la planta la migración de los nutrientes a la formación de semillas. En relación con la luz, el sol favorece en general al desarrollo del vegetal, a la maduración de los frutos y formación de semillas.

Con respecto a la temperatura, se debe respetar las estaciones del año y el momento de siembra de cada especie ya que las plantas requieren determinados niveles térmicos para producir semillas, lo cual varía según la especie.

La fertilidad del suelo promueve una nutrición adecuada, por lo tanto, incrementa la cantidad de producción de frutos y el tamaño de éstos, así como de las semillas. La incorporación de abonos y la rotación son prácticas que permiten lograr una nutrición equilibrada.

Multiplicar las propias semillas de la huerta permite disminuir la dependencia de comprar semillas hortícolas, año a año y para cada temporada.

El momento de cosecha depende del tipo de hortaliza que se trate. Para aquellos frutos que al madurar se abren y sus semillas se desprenden con facilidad, como puede ocurrir con la lechuga, una alternativa para evitar la caída y pérdida de semillas al suelo consiste en colocarle a la vara floral, antes de su madurez, una bolsa de tipo yute, tul o nylon, atándola con un cordel sobre el eje de la planta.

En el caso de los frutos carnosos, como el tomate, se deberán dejar en la planta hasta que maduren y luego cosecharlos. Posteriormente, se extraen las semillas contenidas en el fruto, se cuelan con un tamiz y con ayuda de agua para eliminarle la sustancia gelatinosa y se dejan secar en un papel absorbente. Para el caso de la acelga y la remolacha, el momento de recolección se realiza cuando la vara comienza a secarse.

Las legumbres se cosechan cuando las vainas están casi secas, quebradizas y las semillas duras. Se desgranan las chauchas, se dejan secar las semillas a la sombra y se guardan en un frasco cerrado.

Una vez cosechadas las semillas, se colocan sobre papel de diario en un sector que haya buena ventilación, a la sombra y protegidas. El período de tiempo de secado varía según las condiciones climáticas de la zona y el contenido de humedad que tengan las semillas, pero en líneas generales, se dejan 10 días como mínimo para posteriormente pasarlas a bolsas de papel, arpillera o de tela.

Finalmente, para almacenarlas, se deberán guardar en frascos herméticos de vidrio o plástico, etiquetados con la especie y la fecha de cosecha, en un ambiente fresco (entre 5 y 25ºC) y seco, en donde no le dé la luz.

 

 

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