29 de abril de 2014

“La mirada integradora de las ciencias es clave”

El especialista argentino en sociología agraria, Osvaldo Barsky, destaca la articulación interdisciplinaria como estrategia fundamental para la construcción de políticas públicas.

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¿Qué tienen en común el célebre Carlos Gardel con la historia del desarrollo de las políticas agropecuarias en la Argentina? La respuesta es Osvaldo Barsky, quien además de haber escrito una de las principales biografías del cantor junto a Julián Barsky, es autor de una larga serie de estudios agrarios focalizados en el país y América Latina.‬

Investigador del Conicet y actualmente miembro del área de Educación Superior de la Universidad de Belgrano (donde dirige la maestría de estudios sociales agrarios), Barsky no se define como sociólogo por más que su título de posgrado sea en sociología rural.

Es partidario de los análisis interdisciplinarios y considera que no es posible comprender la dinámica del desarrollo agropecuario desde una sola dimensión. “La problemática agraria no se agota en una recorrida de por sí compleja a los elementos propios de la configuración agraria”, sostiene, debido a que “no se pueden entender los procesos si uno no ve su desarrollo histórico y cómo se van construyendo en el tiempo”.

Vivió nueve años en Ecuador y trabajó en Quito como director de investigaciones de FLACSO. Además, se desempeñó como coordinador académico del Fondo de Mejoramiento de la Calidad Educativa (FOMEC) y coordinador del Área de Acreditación de Posgrados de la CONEAU. Es profesor de posgrado en las universidades nacionales de Luján y La Plata y en FLACSO. Desde la editorial Teseo y el Área de Estudios Agrarios de la Universidad de Belgrano, coordina una colección sobre la historia del agro pampeano, que lleva seis tomos publicados y otros cuatro se encuentran ahora en edición.‬

De acuerdo con Barsky, “es fundamental la integración de las ciencias, incluso más allá de lo estrictamente tecnológico, en procesos reales alrededor de temáticas específicas, con equipos verdaderamente interdisciplinarios que sirvan de base para generar políticas agrarias adecuadas”.

¿Cuáles son los aportes de los estudios sociales a las ciencias duras? Un trabajo independiente desde las ciencias sociales puede dar una visión integral de las problemáticas y trabajar más finamente la interacción entre lo privado y lo público, mostrando los senderos de cómo, objetivamente, los procesos se empatan con las necesidades de los productores y los avances de la ciencia. También permite ver cómo las políticas públicas oscilan hacia uno u otro lado, a veces dándole más importancia a lo público con respecto a las instituciones privadas y, otras, subestimando su relevancia. Es algo cíclico y constituye un problema, porque impide que la continuidad de esa articulación la convierta en algo virtuoso y de largo plazo.

Precisamente, en ese espacio de encuentro de los organismos públicos con otras instituciones se inscribe la noción de gobernanza. Sí, es un tema que se discute mucho ahora en América Latina: el concepto de gobernanza entendido como algo más que políticas de gobierno. Es la idea del acuerdo de los actores que tienen que ver con una problemática particular, que permite diseñar políticas que contemplen los intereses de ese conjunto y que gocen de consenso. Y esto tiene una enorme importancia, porque la realidad es dinámica. No se trata de entender fotos sino la película, donde los actores se están moviendo constantemente de una situación social a otra. Por lo tanto los encasillamientos, los clichés y las “murallas chinas” que se ponen entre una categoría y otra, por muchas décadas hicieron muy difícil entender estos procesos de diferenciación social y llevaron a visiones absolutamente esquematizadas de la estructura agraria latinoamericana.

¿Por ejemplo? Si bien las visiones tradicionales del agro argentino han sido cambiadas, con un proceso de ruptura y revisión iniciado por Halperín Donghi, hay ideas que persisten a lo largo del tiempo y aún determinan una visión colectiva de qué es el agro. La gente encuentra en ellas las mismas cosas que ya tiene en su cabeza y entonces las confirma: que siempre hubo terratenientes ricos y malos y siempre hubo arrendatarios pobres y buenos. Esas nociones tienen un grado de verosimilitud, pero de ningún modo reflejan la historia del agro argentino ni de lo que es hoy. Para quienes no han seguido la complejidad del agro, su diversidad, los extraordinarios cambios técnicos, qué significan los procesos de acumulación de capital en concreto, cuesta mucho salir de los discursos rígidos. Ese desconocimiento termina generando dificultades para la comprensión de los problemas agrarios. Por eso cuando surgen conflictos aparecen las estigmatizaciones y verdaderas dicotomías, fracturas de pensamiento.

¿Por qué considera que el imaginario colectivo puede llegar a impactar en la comprensión de los problemas agrarios? El conocimiento histórico de los procesos concretos tiene una enorme importancia porque las ideas, cuando se corporizan, se convierten en políticas. Y si los diagnósticos no son correctos, se puede terminar con políticas ineficaces. Hoy es imperioso tener buena información, estadísticas confiables, profesionales que trabajen desde diversas áreas y un mundo académico sólido. Esto implica un funcionamiento acorde de los organismos estatales, en colaboración con los privados que puedan hacer sus aportes, porque las visiones se complementan. Entonces, la mirada integradora de las ciencias sociales es clave.

¿Cómo llegan las ciencias sociales a interactuar con otras disciplinas científicas más modernas que se relacionan con el sector, como las biotecnologías? Esto es una discusión muy pertinente para el INTA. Debe destinar un gran esfuerzo a toda la adaptabilidad de la tecnología disponible, que se puede hacer con rapidez y tiene un efecto enorme. Cada país debe hacer un diseño institucional de su ciencia y tecnología de acuerdo con el estadio de desarrollo en que se encuentra. Cuándo se habla de valor agregado, ¿de qué se habla si no de la aplicabilidad del desarrollo científico-tecnológico? Esto requiere poner los recursos ahí.

¿Estas discusiones son útiles para dirimir la asignación de recursos presupuestarios en el campo de las ciencias? Por supuesto. En una institución como el INTA, el debate está inscripto en las relaciones entre las ciencias básicas y las aplicadas. El INTA, más allá de avatares, ha mantenido una estructura y una lógica de funcionamiento que ha logrado superar diversos peligros.

Entonces hay que saber aprovechar este momento para poner en marcha los desafíos tecnológicos más importantes. Lo que se debe hacer es definir, en la lógica institucional, un plan de desarrollo científico-tecnológico para el agro argentino y, dentro de eso, el INTA se hace responsable de algunos desafíos y con determinados ejes. Esto es integralidad de diseño de política. Y la política institucional en organismos como el INTA está estrictamente vinculada a esta lógica.

¿Son compatibles las estrategias que buscan consolidar procesos de industrialización y agregado de valor de manera intensiva con otras propuestas de desarrollo territorial que priorizan la equidad por sobre lo competitivo? En nuestro país tenemos un privilegio increíble, que es la posibilidad de armonizar esas dos formas. Son perfectamente compatibles.

La Argentina puede desarrollar estratégicas políticas para consolidar los procesos de agregado de valor con los procesos que promueven la soberanía alimentaria, por ejemplo. En la medida en que se genera más riqueza, el agro, en este contexto internacional, sería uno de los grandes ganadores. Lo que hay que hacer es impulsar a los productores. Que siembren, produzcan y que a partir de eso se generan políticas y reglas transparentes.

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