Ecosistemas | 11 de diciembre de 2020

Biodiversidad del suelo: base para la producción sostenible

En la Argentina, más del 40 % de los suelos son tierras áridas o semiáridas y el 30 % de esa superficie está afectada por procesos de degradación. Desde el INTA alertan sobre el impacto de estos efectos irreversibles en la producción de alimentos y señalan la necesidad de implementar estrategias de remediación que neutralicen el daño.

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Uno de los ecosistemas más complejos y vitales para la producción es el suelo. Infinidad de organismos interactúan y contribuyen a los ciclos globales que hacen posible la vida. Gran parte de la función del suelo depende los microorganismos que viven en él y la diversidad de especies, y, por lo tanto, proteger la vida en el suelo, es una forma de mantener su salud.

En lo que va del siglo XXI, el suelo recuperó su protagonismo en la agenda mundial debido amenazas tales como la erosión, pérdida de carbono orgánico, desequilibrio de nutrientes, acidificación, contaminación, anegamiento, compactación del suelo, sellado del suelo, salinización y pérdida de biodiversidad. En ese contexto, la FAO creó en el año 2012 la Alianza Mundial por el Suelo con el objetivo de compartir experiencias sostenibles para recuperar un suelo que antes se pensaba que era un recurso infinito.

De acuerdo con el organismo internacional, la biodiversidad del suelo está compuesta por la megafauna -sapos, topos,  conejos y tejones son los principales agentes del movimiento y redistribución del suelo-, macrofauna -lombrices, termitas, hormigas, milpiés y cochinillas ayudan al drenaje y a la aireación-, la mesofauna -invertebrados microscópicos como colémbolos, dipluros, proturos, nemátodos, ácaros y tardígrados que son reguladores biológicos de la descomposición-, y los microorganismos -bacterias, protozoos, hongos y nematodos, responsables de los procesos biogeoquímicos-.

En el marco de la celebración del Día Mundial del Suelo, Alberto Quiroga del INTA Anguil afirmó: “Más del 40 % de los suelos son tierras áridas o semiáridas, y el 30% de esa superficie está afectada por procesos de degradación”. En ese sentido explicó que “se está trabajando sobre diferentes acuerdos para restaurar la biodiversidad, como producir de manera sustentable, reducir la contaminación y actuar sobre el cambio climático”.

Para Quiroga, “hay procesos le dan sustento a la estrategia de la naturaleza para brindar una serie de servicios ecosistémicos y estar en equilibrio con el ambiente, pero la acción antrópica fue modificando esa estrategia y esto trajo aparejadadas consecuencias, como la pérdida de biodiversidad”. En esta línea, citó algunos ejemplos como la deforestación, el aumento de la carga ganadera, las pasturas cultivadas o los cultivos anuales.

El especialista aseguró que “los suelos contienen más del 25 % de la biodiversidad del planeta”. Hay una composición y una actividad biológica grupal que trabaja de forma ensamblada. Junto con las raíces, cada uno tiene una función complementaria. En esa línea advirtió: “Esto ocurre en los primeros 20 centímetros de suelo, es decir que al hombre del hambre lo separan 20 centímetros. Si esta biología no funciona no habría alimentos en la tierra”.

Para el investigador, “que hoy tengamos más de un 30 % de suelos degradados o bajo procesos de degradación donde se ha roto la relación del ecosistema por la presión antrópica preocupa, porque los sistemas muchos de los efectos son irreversibles. El suelo que se perdió no vuelve”.

Si bien en épocas anteriores se planificaba la recuperación de los suelos degradados, Quiroga sostuvo que en la actualidad la aspiración se ha reducido y consiste en llegar a la neutralidad: usar el suelo de tal manera de que no aumente la superficie degradada. En ese sentido indicó que “es más fácil mantener la salud de un suelo que recuperar un suelo degradado, que no es rentable”.

Por su parte, el presidente de la Asociación Argentina de Ciencias del Suelo (AACS), Guillermo Studdert, indicó que “el suelo saludable es aquél que está en condiciones de cumplir con sus funciones en el ecosistema”. En esa línea, ponderó el rol del sector científico y tecnológicos y algunas ONGs en su preocupación de mantener el suelo saludable como una prioridad, pero manifestó que “la sociedad en general no percibe al suelo como un recurso natural cuando gran parte de la vida sobre la Tierra depende de cómo este funcionando el suelo”. Para Studdert, “la instalación del suelo como un recurso natural es una tarea pendiente”.

Asímismo, recalcó que “los desafíos son lograr una mayor conciencia de los actores del sistema productivo que usan el suelo para el logro de sus objetivos y para que pongan al suelo en sus prioridades cuando tiene que tomar decisiones de uso y de manejo”. En ese sentido, afirmó: “hay que cuidarlo para que siga siendo útil y brinde servicios ecosistémicos”.

De acuerdo con la FAO, la biodiversidad del suelo está compuesta por la megafauna, la macrofauna, la mesofauna y los microorganismos.

Producción sostenible en las regiones semiáridas

La Argentina tiene un 70 % de la superficie bajo ambientes semiáridos como, por ejemplo, el sudeste de Buenos Aires, Santiago del Estero, San Luis, Chaco, La Pampa y parte de Córdoba. “En el extremo más seco la única opción es la ganadería sobre pastizales naturales, pero hacia las zonas subhúmedas se hacen cultivos anuales y pasturas cultivadas”, explicó Quiroga.

Y agregó: “A medida que la acción antrópica vaya avanzando sobre los recursos naturales de estos ambientes y produzca efectos negativos, volver a recuperar la calidad de esos ambientes, tiene un interrogante muy grande”.

El interrogante reside en cómo mantener rentabilidad en estas regiones y al mismo tiempo ser sustentables. “Son regiones agroecológicas marginales, con un potencial productivo mediano a bajo y alcanzar rentabilidad es un límite muy finito, más cuando la inestabilidad del clima hace que con cierta frecuencia impacten en pérdidas muy grandes”, subrayó el especialista.

De acuerdo con Quiroga, “la sociedad debe comprometerse más en estos ecosistemas marginales, a diferencia de las regiones húmedas donde los potenciales de rendimiento, la calidad de los suelos y el aporte de las precipitaciones hacen que los márgenes de producción sean mayores y el productor pueda destinar ese margen para hacer más sostenible el sistema”.

Gaitán: “El desafío es lograr una red de parcelas permanentes de monitoreo que genere datos colectados en forma estandarizada y muestren la evolución de las principales variables relacionadas al estado de salud de las tierras”.

Hacia un sistema nacional de monitoreo

El INTA incorporó en su nueva cartera el proyecto “Diseño e implementación de un sistema nacional de monitoreo de la degradación a distintas escalas, con meta en la neutralidad de la degradación de tierras” que se propone desarrollar e implementar un sistema nacional de monitoreo de la degradación de tierras a diferentes escalas y adaptado para los cuatro tipos de tierra principales del país: bosques, tierras agrícolas y pastizales áridos y pastizales húmedos.

“Este sistema de monitoreo estará integrado por una red de parcelas permanentes en terreno donde se evalúen, periódicamente y a largo plazo, indicadores de degradación de las tierras adaptados para los cuatro tipos de tierra y estará complementado con el desarrollo de indicadores derivados de sensores remotos”, expresó Juan Gaitán, investigador del Instituto de Suelos del INTA Castelar.

En cada parcela permanente de monitoreo se relevarán indicadores relacionadas a la degradación de tierras. Para ello se ha definido un conjunto mínimo de indicadores como el stock de carbono, pH, indicadores de erosión del suelo, datos de uso y características de la vegetación como cobertura, composición de especies, diversidad, entre otros.

De acuerdo con Gaitán, “la medición de estos indicadores ha sido estandarizada mediante la elaboración de protocolos, lo cual permitirá generar datos comparables a nivel regional/nacional. Además, se podrán incluir indicadores específicos que sean relevantes para el monitoreo de los sistemas productivos y procesos de degradación que operan localmente”.

El proyecto articula con iniciativas regionales de monitoreo actualmente en marcha: red MARAS y red del ONSA. La red MARAS (Monitoreo Ambiental de Regiones Áridas y Semiáridas) comenzó a ser desarrollada por el INTA a partir del año 2007 y actualmente cuenta con aproximadamente 500 parcelas de monitoreo de los pastizales áridos de la Patagonia.  El ONSA (Observatorio Nacional de Suelos Agropecuarios) es una iniciativa del Ministerio de Agricultura de la Nación, en colaboración con el INTA, a través de la cual se muestrean aproximadamente 4.800 lotes agropecuarios para el monitoreo del Carbono del suelo.

“El desafío es lograr una red de parcelas permanentes de monitoreo, que articule con otras iniciativas publicas y privadas y genere datos colectados en forma estandarizada, que nos muestren la evolución de las principales variables relacionadas al estado de salud de las tierras: cambios de uso, cambios en los stocks de SOC, cambios en la riqueza y cobertura de la vegetación, cambios en la disponibilida de nutrientes del suelo, etc. Para ello, es clave la adopción de protocolos comunes que aseguren contar con datos comprables y que los mismos se pongan a disposición en bases de datos compartidas”, dijo el investigador del Instituto de Suelos.

El monitoreo es una herramienta escencial para la gestión y la elaboración de politicas publicas de lucha contra la degradación de las tierras. “Un sistema nacional de monitoreo integral debería detectar cambios tempranos que permitan implementar acciones de gestión economicamente viables. Ademas debe permitir evaluar el “exito” o “fracaso” de las medias de gestión, politicas publicas y en función de ello ratificar o rectificar las acciones”, concluyó Gaitán.

 

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